—¿Entonces qué? —Sé por qué estaba junto a la verja a esa hora. Fue a encontrarse con una mujer. —¿A encontrarse con una mujer? ¿Él? —Sí, señor. —¿Y el nombre de la mujer? —No puedo darle el nombre, señor, pero sí puedo darle las iniciales. Sus iniciales eran L. L. —¿Cómo sabe esto, Barrymore? —Pues verá, Sir Henry, su tío recibió una carta aquella misma mañana. Solía recibir una gran cantidad de correspondencia, pues era un hombre público muy conocido por su gran corazón, de modo que cualquiera que se encontrara en apuros acudía con gusto a él. Pero aquella mañana, casualmente, solo llegó esta carta, así que le presté más atención. Provenía de Coombe Tracey y estaba escrita con letra de mujer. —¿Y bien? —Pues verá, caballero, no le di más importancia al asunto y jamás lo habría hecho de no ser por mi esposa. Hace apenas unas pocas semanas, ella estaba limpiando el estudio de Sir Charles—que no se había tocado desde su muerte— y encontró las cenizas de una carta quemada en el fondo de la chimenea. La mayor parte estaba reducida a carbón, pero un pequeño fragmento, el final de una página, se mantenía unido, y aún se podía leer la escritura,
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