Nos era evidente que toda persecución era en vano hasta que la niebla se hubiera disipado.
Mientras tanto, dejamos a Lestrade al mando de la casa, mientras Holmes y yo regresamos con el baronet a Baskerville Hall. Ya no podíamos ocultarle la historia de los Stapleton, pero él encajó el golpe con valentía al enterarse de la verdad sobre la mujer a la que había amado.
Pero la conmoción de las aventuras de la noche había destrozado sus nervios, y antes del amanecer yacía delirando con fiebre alta bajo el cuidado del Dr. Mortimer. Estaba predestinado que ambos viajaran juntos alrededor del mundo antes de que Sir Henry volviera a ser el hombre sano y vigoroso que había sido antes de convertirse en el amo de aquella propiedad de mal agüero.
Y ahora llego rápidamente a la conclusión de esta singular narración, en la que he tratado de hacer que el lector comparta aquellos oscuros temores y vagas conjeturas que nublaron nuestras vidas durante tanto tiempo y terminaron de manera tan trágica.
En la mañana siguiente a la muerte del sabueso, la niebla se había disipado y la señora Stapleton nos guio hasta el punto donde habían encontrado un sendero a través del pantano.
Nos ayudó a comprender el horror de la vida de esta mujer ver el entusiasmo y la alegría con los que nos puso sobre la pista de su marido. La dejamos de pie sobre la delgada península de suelo firme y turboso que se estrechaba hacia el extenso pantano.
Desde su extremo, una pequeña varilla clavada aquí y allá señalaba por dónde el sendero serpenteaba de mata en mata de juncos entre aquellos pozos de verdín y sucios cenagales que le cerrada el paso al forastero. Juncos agrestes y frondosas plantas acuáticas y lodosas enviaban un olor a podredumbre y un denso vapor miasmático a nuestros rostros, mientras