del crimen y a la gratuita brutalidad que había caracterizado todas las acciones del asesino. La conmutación de su pena de muerte se había debido a ciertas dudas sobre su completa sanidad mental, tan atroz había sido su conducta. Nuestra jardinera había coronado una cuesta y ante nosotros se alzó la inmensa extensión del páramo, salpicada de retorcidos y escarpados túmulos y rocas. Un viento frío sopló desde allí y nos hizo temblar. En algún lugar de allí, en aquella llanura desolada, acechaba este hombre demoníaco, escondido en una madriguera como una fiera, con el corazón lleno de malicia hacia toda la raza que lo había expulsado. Solo faltaba esto para completar la sombrisa capacidad de sugerencia del yermo estéril, el viento helado y el cielo oscurecido. Hasta Baskerville enmudeció y se abrochó más el abrigo.
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VI. Baskerville Hall
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