—Tenemos que irnos, Eliza. Esto es el fin. Puedes hacer nuestro equipaje —dijo el mayordomo. —¡Oh, John, John, te he arrastrado a esto? Es culpa mía, sir Henry, toda mía. Él no ha hecho nada excepto por amor a mí y porque yo se lo pedí. —¡Hable entonces! ¿Qué significa esto? —Mi desdichado hermano se está muriendo de hambre en la ciénaga. No podemos dejarle perecer a las puertas de nuestra casa. La luz es una señal para indicarle que la comida está lista, y su luz ahí fuera sirve para señalar el punto al que debe llevársela. —Entonces su hermano es... —El presidiario fugado, señor... Selden, el criminal. —Ese es la verdad, señor —dijo Barrymore—. Dije que no era mi secreto y que no podía revelárselo. Pero ahora lo ha oído y verá que, si hubo una conjura, no fue contra usted. Esta era, pues, la explicación de las furtivas expediciones nocturnas y de la luz en la ventana. Sir Henry y yo nos quedamos mirando a la mujer estupefactos. ¿Era posible que esta persona de respetabilidad inquebrantable fuera de la misma sangre que uno de los criminales más célebres del país? —Sí, señor, mi apellido era Selden, y él es mi hermano menor. Lo malcriamos demasiado cuando era un muchacho y le dimos todos los gustos hasta que llegó a creer que el mundo se había hecho para su deleite y que podía hacer en él lo que le viniera en gana. Luego, al crecer,
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IX. La luz sobre el páramo
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