—Nada, señor. —Su agitación era tan grande que apenas podía hablar, y las sombras saltaban arriba y abajo debido al temblor de su vela—. Era la ventana, señor. Doy una vuelta por la noche para comprobar que están cerradas. —¿En el segundo piso? —Sí, señor, todas las ventanas. —Mire, Barrymore —dijo sir Henry con severidad—, nos hemos propuesto arrancarle la verdad, así que se ahorrará problemas si la cuenta antes que después. ¡Vamos! ¡Sin mentiras! ¿Qué hacía en esa ventana? El individuo nos miró con desamparo y se retorció las manos como alguien que se encuentra al borde mismo de la duda y la miseria. —No hacía ningún daño, señor. Sostenía una vela junto a la ventana. —¿Y por qué sostenía una vela junto a la ventana? —¡No me pregunte, sir Henry, no me pregunte! Le doy mi palabra, señor, de que no es mi secreto y de que no puedo revelarlo. Si no afectara a nadie más que a mí, no intentaría ocultárselo. Se me ocurrió una repentina idea y le arrebaté la vela de la mano temblorosa al mayordomo. —Debía de sostenerla como señal —dije—. Veamos si hay alguna respuesta. —La sostuve tal como él lo había hecho y miré hacia la oscuridad de la noche. Pude distinguir vagamente el oscuro talud de los árboles y la extensión más
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IX. La luz sobre el páramo
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