clara de la ciénaga, pues la luna estaba oculta tras las nubes. Y entonces lancé un grito de júbilo, porque un minúsculo punto de luz amarilla acababa de atravesar el oscuro velo y brillaba de forma constante en el centro del cuadrado negro enmarcado por la ventana. —¡Ahí está! —grité. —¡No, no, señor, no es nada, absolutamente nada! —interrumpió el mayordomo—. Le aseguro, señor... —¡Mueva su luz a lo largo de la ventana, Watson! —gritó el baronet—. ¡Mire, la otra también se mueve! Y bien, granuja, ¿niega que es una señal? ¡Vamos, hable! ¿Quién es su cómplice ahí fuera y qué conjura es esta que se trae entre manos? El rostro del hombre adoptó un aire de abierta rebeldía. —Es asunto mío, no suyo. No lo diré. —Entonces queda despedido de mi servicio de inmediato. —Muy bien, señor. Si debo hacerlo, lo haré. —Y se marcha deshonrado. ¡Por los clavos de Cristo, bien puede avergonzarse! Su familia ha vivido con la mía bajo este techo durante más de cien años, y aquí le encuentro metido hasta el cuello en una oscura conjura contra mí. —¡No, no, señor; no, contra usted no! —Era una voz de mujer, y la señora Barrymore, más pálida y horrorizada aún que su esposo, estaba de pie en la puerta. Su voluminosa figura envuelta en un chal y una falda habría podido resultar cómica de no ser por la intensidad de los sentimientos reflejados en su rostro.
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IX. La luz sobre el páramo
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