«Encontró una salida a sus dificultades gracias a la casualidad de que Sir Charles, que había concebido cierta amistad por él, lo hizo ministro de su caridad en el caso de esta desafortunada mujer, la señora Laura Lyons. Presentándose como un hombre soltero, adquirió completa influencia sobre ella y le dio a entender que, en caso de obtener el divorcio de su marido, se casaría con ella. Sus planes se precipitaron de repente al saber que Sir Charles estaba a punto de abandonar la mansión por consejo del doctor Mortimer, con cuya opinión él mismo fingió coincidir. Tenía que actuar de inmediato, o su víctima podría escapar de su poder. Por lo tanto, presionó a la señora Lyons para que escribiera esta carta, suplicando al viejo caballero que la recibiera en una entrevista la víspera de su partida hacia Londres. Luego, mediante un argumento especioso, impidió que ella fuera y tuvo así la oportunidad que había estado esperando».
Al regresar por la tarde de Coombe Tracey, tuvo tiempo de buscar a su sabueso, de tratarlo con su pintura infernal y de llevar a la bestia hasta la verja en la que tenía motivos para esperar que el viejo caballero estuviera aguardando. El perro, incitado por su amo, saltó por encima de la portezuela y persiguió al desafortunado baronet, que huyó gritando por el callejón de tejos. En aquel túnel sombrío debió de ser un espectáculo verdaderamente espantoso ver a aquella criatura enorme y negra, con las fauces llameantes y los ojos chispeantes, abalanzarse tras su víctima. Este cayó muerto al final del callejón a causa de una enfermedad cardíaca y del terror. El sabueso se había mantenido en el borde de hierba mientras el baronet corría por el sendero, de modo que no era visible otra huella que la del