“¿Has oído hablar de la nueva operación que se ha inventado? Me refiero a la extirpación quirúrgica de la fantasía”.
(Últimamente corrían de verdad rumores sobre algo por el estilo).
—No, no lo he hecho. ¿Qué tiene eso que ver?
—Tan solo esto: si yo fuera usted, iría a pedir que me hicieran esta operación.
El plato expresaba claramente algo parecido al limón, agrio.
¡Pobre amigo! Se ofendía si uno tan solo insinuaba que pudiera poseer imaginación. Bueno, hace una semana yo también me habría ofendido ante semejante insinuación. Ahora ya no, pues sé que tengo imaginación, en eso consiste mi enfermedad, y más aún: ¡sé que es una enfermedad maravillosa; uno no quiere curarse, simplemente no quiere!
Ascendimos por los escalones de vidrio; el mundo se extendía bajo nosotros como la palma de una mano.
Ustedes, lectores de estos apuntes, quienesquiera que sean, tienen el sol por encima. Y si alguna vez han estado enfermos, como yo ahora, entonces saben qué clase de sol hay o puede haber por la mañana; saben ese oro rosáceo, lúcido, cálido; el aire mismo se ve un poco rosáceo; todo parece impregnado por la tierna sangre del sol; todo está vivo; las piedras parecen blandas y vivas; el hierro vivo y cálido; la gente llena de vida y de sonrisas. Puede que dentro de poco todo esto desaparezca, que en una hora la sangre rosácea del sol se desangre, pero mientras tanto todo está vivo. Y veo cómo algo fluye y pulsa en los costados del Integral; veo al Integral pensar en su gran y sublime futuro, en la pesada carga de inevitable