en el líquido de revelado, su rostro reapareció gradualmente; las mejillas, la línea blanca de los dientes, los labios. Se puso de pie y fue hacia la puerta con espejo del armario. Mi boca volvió a estar seca. Serví agua pero me revolvió el estómago beberla; dejé el vaso de nuevo sobre la mesa y pregunté:
“¿Viniste a verme porque querías preguntar…?”
Un triángulo de cejas afilado y burlón, estirado hacia las sienes, me miraba desde el espejo.
Se dio la vuelta para decir algo, pero no dijo nada.
No era necesario; lo sabía.
Para despedirme de ella, moví mis miembros extranjeros, golpeé la silla con ellos. Cayó boca abajo, muerta, como la mesa en su habitación. Sus labios estaban fríos … igual de frío estuvo una vez el suelo, aquí, cerca de mi cama. …