“¿Sí? Ya me lo imaginaba; algo debió habérselo impedido, importa poco el qué (dientes afilados—una sonrisa). Pero ahora está en mis manos. Recuerda: «Todo Número que en el plazo de cuarenta y horas no se presente en la Oficina será considerado... »”
Mi corazón latía con tanta fuerza que los barrotes de hierro se doblaban. Si no estuviera sentado... ¡como un muchachito, qué estúpido! Caí como un muchachito y estúpidamente guardé silencio. Sentía que estaba en una red; ni mis piernas ni mis brazos...
Se puso de pie y se estiró perezosamente. Presionó el botón y las cortinas de las cuatro paredes cayeron con un leve susurro. Me quedé aislado del resto del mundo, a solas con ella.
Ella estaba en alguna parte a mis espaldas, cerca de la puerta del ropero. El unif crujía, caía. Yo era todo oídos, escuchaba con todo el cuerpo. Recordé —no, relució en mi mente durante una centésima de segundo— que una vez tuve que calcular la curva de la membrana de una calle de un nuevo tipo. (Estas membranas están bellamente decoradas y se colocan en todas las avenidas, registrando todas las conversaciones callejeras para la Oficina de Guardianes). Recordé una membrana cóncava y rosada, temblorosa, un extraño ser compuesto de un solo órgano, una oreja. Yo era en ese momento una membrana semejante.
Ahora el «clic» del botón de presión en su cuello, en su pecho, y… más abajo. La seda vidriosa crujió sobre sus hombros y rodillas, sobre el suelo. Oí —y esto fue más nítido que la visión real— oí cómo un pie salía del montón de seda gris azulada, luego el otro. Pronto oiría el crujido de la cama y…
La membrana tensamente estirada tembló y registró el silencio—no, los agudos golpes de martillo del corazón contra los barrotes de hierro y las interminables pausas entre latido y latido. Y oí, vi, cómo ella, a mis espaldas, dudó un segundo, pensando. La puerta del armario. … Se cerró de golpe; de nuevo seda … seda. …