Esa misma tarde, sentado a la misma mesa con Él, con el Bienhechor, vi por primera vez en mi vida la famosa Cámara de Gas. Trajeron a aquella mujer. Tenía que declarar en mi presencia. Esa mujer permanecía obstinadamente silenciosa y sonriente. Noté que tenía unos dientes afilados y muy blancos, que eran muy bonitos.
Luego la llevaron debajo de la Campana. Su rostro se puso muy blanco y, como sus ojos eran grandes y oscuros, todo era muy bonito. Cuando empezaron a bombear el aire de debajo de la Campana, ella echó la cabeza hacia atrás y medio cerró los ojos; tenía los labios apretados. Esto me recordó a algo. Me miró, sosteniéndose firmemente de los brazos de la silla. Siguió mirando hasta que se le cerraron los ojos. Luego la sacaron, la reanimaron por medio de electrodos y la volvieron a meter debajo de la Campana. El procedimiento se repitió tres veces, pero ella no pronunció una sola palabra.
Los demás que fueron traídos con esa mujer resultaron ser más honestos; muchos de ellos empezaron a hablar después del primer juicio.
Mañana todos subirán los peldaños hacia la Máquina del Bienhechor. No hay aplazamiento posible, pues aún hay caos, gemidos, cadáveres, bestias en la sección occidental y, para nuestro pesar, todavía hay cantidades de Números que traicionaron a la Razón.
Pero en la avenida transversal Cuarenta, logramos establecer un Muro temporal de ondas de alto voltaje.
Y espero que ganemos. Más que eso; estoy seguro de que venceremos. Porque la Razón debe vencer.