Tres. … Cinco minutos. Desde el estribo principal, una voz de hierro fundido y pausada:
“Los que estén a favor, levanten la mano”.
¡Si tan solo me atreviera a mirarlo directamente a los ojos como antes! Directa y devotamente, y pensar: «¡Aquí estoy, todo mi ser! ¡Tómame!». Pero ahora no me atrevía. Tuve que hacer un esfuerzo para levantar la mano, como si mis articulaciones estuvieran oxidadas.
Un susurro de millones de manos. El «¡Ah!» apagado de alguien y sentí que algo se acercaba, cayendo pesadamente, pero no pude entender qué era, y no tuve la fuerza ni el valor para echar un vistazo. …
“¿Los que estén en contra?” …
Este era siempre el momento más magnífico de nuestra celebración: todos permanecían sentados e inmóviles, inclinando gozosamente la cabeza bajo el yugo salutífero de aquel Número de Números. Pero ahora, con horror, volví a oír un crujido; ligero como un suspiro, y sin embargo era más nítido aun que el tubo de bronce del Himno. Así es el último suspiro en la vida de un hombre, a su alrededor la gente con el rostro pálido y con gotas de sudor frío en la frente. … Alcé los ojos y. …
Bastó una centésima de segundo; vi miles de manos alzarse en «oposición» y volver a caer. Vi el rostro pálido, marcado por una cruz, de I-330 y su mano levantada. La oscuridad cayó sobre mis ojos.
Otro centésimo de segundo, silencio. Quietud. El pulso. Luego, como a la seña de algún director de orquesta loco, desde todas las gradas traqueteando, gritando, un torbellino de unifs levantado por la avalancha, las perplejas figuras de los Guardianes corriendo de un lado para otro. Los talones de alguien en el aire cerca de mis ojos y cerca de