No recuerdo ahora dónde entramos en la oscuridad; en la oscuridad subimos por una escalera interminable en silencio. No veía, pero sabía, sabía que ella caminaba como yo, con los ojos cerrados, ciega, la cabeza un poco hacia atrás, mordiéndose los labios y escuchando la música, es decir, mi temblor casi audible.
Volví en mí en uno de los innumerables rincones del patio de la Casa Antigua. Había una cerca de tierra con costillas de piedra desnuda y dientes amarillos de muros medio derrumbados.
Ella abrió los ojos y dijo: «Pasado mañana a las dieciséis».
Se había ido.
¿Pasó todo esto realmente? No lo sé. Lo sabré pasado mañana.
Queda una señal real: en mi mano derecha se ha desprendido la piel de la yema de tres dedos. Pero hoy, en el Integral, el Segundo Constructor me aseguró que me vio tocar la rueda de pulir con esos mismos dedos.
Quizá lo hice. Es muy probable. No lo sé. No sé nada.