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Capítulo 18

Volví a casa cuando el sol se estaba poniendo. El polvo rosado del anochecer cubría los cristales de las paredes, la cúspide dorada de la Torre de la Acumulación, las voces y las sonrisas de los Números.

¿No es extraño?: los rayos pasajeros del sol vespertino caen sobre la tierra con el mismo ángulo que los rayos despiertos de la mañana, pero hacen que todo parezca tan diferente; el tinte rosado es distinto.

Al atardecer hay tanta tranquilidad, cierta melancolía; al amanecer todo es resonante, bullicioso.

En el vestíbulo de abajo, al entrar, vi a U—, la interventora. Tomó una carta de los montones de sobres cubiertos de polvo rosado y me la entregó. Lo repito: es una mujer muy respetable y estoy seguro de que solo abriga los mejores sentimientos hacia mí. ⁠ ⁠… No obstante, cada vez que veo esas mejillas caídas, que parecen las branquias de un pez, yo. ⁠ ⁠…

Tendiendo su mano seca con la carta, U- suspiró. Pero ese suspiro apenas movió muy levemente en mí las cortinas que me separan del resto del mundo. Yo estaba completamente proyectado sobre el sobre que temblaba en mi mano. No me cabía la duda de que era una carta de I-330.

En ese momento oí otro suspiro, uno tan deliberado, subrayado con dos líneas, que levanté los ojos del sobre y vi una sonrisa tierna y nublada que salía de entre las agallas, a través de las celosías tímidas de unos ojos bajados. Y entonces:

“¡Pobre, pobre, querida mía!…”

un suspiro subrayado con tres líneas, y una mirada a la carta, una mirada imperceptible. (Lo que decía la carta, naturalmente, lo sabía ex officio).

“¿De verdad?⁠ ⁠… ¿Por qué?”

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