nuestra felicidad. Ciertamente, esto no se parece en nada a los días de elecciones desordenados y desorganizados de los antiguos, en los que (¡parece tan divertido!) ni siquiera sabían de antemano el resultado de la elección. Construir un Estado sobre alguna contingencia imprevisible, construir a ciegas—¿qué podría ser más absurdo? ¡Y sin embargo, tuvieron que pasar siglos antes de que esto se comprendiera!
Huelga decir que nosotros, en esto como en todo lo demás, no tenemos cabida para las contingencias; no puede suceder nada inesperado. Las elecciones mismas tienen más bien un significado simbólico. Nos recuerdan que somos un organismo unido y poderoso de millones de células, que—, para usar el lenguaje del «evangelio» de los antiguos, somos una iglesia unida. La historia del Estado Unificado no conoce un solo caso en el que en este día solemne ni siquiera una solitaria voz se haya atrevido a violar la magnífica almonía.
Dicen que los antiguos celebraban sus elecciones en secreto, a hurtadillas como ladrones. Algunos de nuestros historiadores afirman incluso que acudían a las celebraciones electorales completamente enmascarados. ¡Imagínense el extraño y fantástico espectáculo! > Noche. Una plaza. A lo largo de los muros, las figuras que se deslizan sigilosamente cubiertas con mantos. La llama roja de las antorchas danzando en el viento. … ¿Por qué era necesario tal secreto? Nunca se ha explicado de manera satisfactoria. Probablemente se deba a que las elecciones estaban asociadas a algunas ceremonias místicas y supersticiosas, tal vez incluso criminales. Nosotros no tenemos nada que ocultar ni de qué avergonzarnos; celebramos nuestra elección abiertamente, con honradez, a la luz del