Todo el mundo salió a cubierta (faltaba poco para las doce, antes de que sonara el gong para la cena) y se inclinó sobre la barandilla de cristal; con prisa, a grandes sorbos, se tragaron el mundo desconocido que yacía abajo, más allá del Muro Verde. Ámbar, azul, verde, los bosques otoñales, praderas, un lago. En el borde de un pequeño platillo azul, unos solitarios restos amarillos, un dedo amarillo, amenazante y reseco: debía de ser la torre de una antigua «iglesia» salvada por milagro.
“¡Mira, ahí! ¡Mira! ¡Ahí a la derecha!”
Allí (sobre el verde desierto) una mancha parda se movía con rapidez. Sostenía un catalejo en las manos y de manera automática me lo llevé a los ojos: la hierba llegándoles al pecho, una manada de caballos pardos galopaba, y sobre sus lomos— ellos, negros, blancos y oscuros. …
Detrás de mí:
“¡Te aseguro que vi