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Registro Diez

sonrisa tinta⁠—como aquella en la mesa pequeña esta mañana; o si en todas las casas se hubieran bajado de pronto todas las cortinas y detrás de las cortinas.⁠ ⁠…

Sentí algo peculiar; mis costillas eran como barras de hierro que estorbaban, estorbaban decididamente a mi corazón, concediéndole muy poco espacio. Me detuve ante una puerta vidriada en la que figuraban las letras doradas I-330 ; I-330 estaba sentada a la mesa dándome la espalda; escribía algo. Entré.

“Tenga…”, le tendí el cheque rosa, “¡recibí la notificación este mediodía y aquí me tiene!”.

—¡Qué puntual es! Un momento por favor, ¿me permite? Siéntese. Termino en un minuto.

Bajó los ojos hacia la carta. ¿Qué tenía allí, tras sus cortinas bajadas? ¿Qué diría? ¿Qué haría en un segundo? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo calcularlo, ya que viene de más allá, de la salvaje y ancestral tierra de los sueños? La miré en silencio. Mis costillas eran barras de hierro. El espacio para el corazón era demasiado pequeño.⁠ ⁠ … Cuando habla, su rostro es como una rueda brillante que gira velozmente; no se pueden ver los radios separados. Pero en ese momento la rueda estaba inmóvil. Vi una extraña combinación: cejas oscuras que se extendían hasta las sienes —un triángulo afilado y burlón— y aún otro triángulo oscuro con el vértice hacia arriba —dos profundas arrugas desde la nariz hasta las comisuras de la boca. Y estos dos triángulos de algún modo se contradichían. Le daban a todo el rostro esa desagradable e irritante X, o cruz; un rostro marcado oblicuamente por una cruz.

La rueda comenzó a girar; sus barrotes se difuminaron.

—¿Así que al final no fuiste a la Oficina de Guardianes?

“Yo no… yo no me sentía bien… no pude”.

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