Y exactamente igual que había parecido por un momento ayer, el mundo entero se descompuso en fragmentos separados, afilados e independientes, y cada uno de estos fragmentos caía a toda velocidad; cada uno se detenía por un segundo, se suspendía ante mí en el aire y desaparecía sin dejar rastro. Era como si las letras negras y precisas de esta página debieran separarse de repente y empezar a saltar de aquí para allá asustadas, de modo que no quedara ni una sola palabra en la página, solo absurdos «pa», «sal», «mun». La multitud parecía igual de absurda, dispersa (sin formar filas), avanzando, retrocediendo, en diagonal, transversalmente. …
Entonces nadie. Por un segundo mientras corría a toda velocidad, deteniéndome de repente, vi en el segundo piso, en la jaula de vidrio suspendida en el aire, a un hombre y a una mujer; un beso; ella de pie con todo el cuerpo inclinado hacia atrás de manera quebrada: «Esto es por última vez, para siempre. …»
En una esquina un arbusto espinoso y móvil de cabezas.
Por encima de las cabezas, separada, flotando en el aire, una pancarta: «¡Abajo las máquinas! ¡Abajo la Operación!».
Y (distinto de mi propio ser) pensé: «¿Es posible que cada uno de nosotros lleve tal dolor, que solo pueda ser extirpado junto con su corazón… Que deba hacérsele algo a cada uno, antes de que él…».
Por un segundo todo desapareció para mí del mundo, excepto mi mano de bestia con el pesado paquete de hierro fundido que sostenía…
Apareció un muchacho. Venía corriendo, una sombra bajo el labio inferior. El labio inferior se curvaba hacia afuera como el puño de una manga remangada. Su rostro estaba desfigurado; lloraba a gritos; huía de alguien. Se oía el golpeteo de unos pasos detrás de él. …