Tablas, el vidrio de las sillas, la mesa, el armario, la cama. Pero al entrar, R- apartó una silla de su sitio, luego otra; la habitación se trastornó, todo perdió el orden establecido y parecía violar cada regla de la geometría de Euclides. R- seguía siendo el mismo de antes; en Taylor y en matemáticas siempre se quedaba a la cola de la clase.
Recordamos a Plappa, cómo los muchachos solíamos forrar toda la superficie de sus piernas de cristal con notas de papel expresando nuestro agradecimiento (a todos nos encantaba Plappa). Recordamos a nuestro sacerdote (no hace falta decir que se nos enseñaba no la «ley» de la religión antigua, sino la ley del Estado Unificado). Nuestro sacerdote tenía una voz muy potente; un verdadero huracán salía del megáfono. Y nosotros, los niños, repetíamos a coro los textos prescritos tras él con todas nuestras fuerzas. Recordamos cómo nuestro granuja, R-13, solía atiborrar al sacerdote con papel masticado; cada palabra iba acompañada así de un proyectil de papel disparado. Naturalmente, R- fue castigado, pues lo que hizo era indudablemente incorrecto, pero