Debo confesar que el significado exacto de aquella sonrisa solo me quedó claro después de muchos días repletos de los más extraños e inesperados acontecimientos.
El rugido de las ruedas, nítido en el silencio general, parecía el ruido de corrientes de sangre infectada.
A cierto Número lo tocaron inadvertidamente en el hombro y se sobresaltó de tal modo que un paquete de papeles se le cayó de las manos.
A mi izquierda otro Número leía un periódico, con los ojos fijos siempre en la misma línea; el periódico temblaba perceptiblemente en sus manos.
Sentía que en todas partes, en las ruedas, en las manos, en los periódicos, incluso en las pestañas, el pulso se volvía cada vez más rápido y pensaba que era probable que hoy, cuando I-330 y yo nos encontráramos allí, la temperatura subiera a 39°, 40°, tal vez 41° y. …
En los muelles—el mismo silencio lleno del zumbido de una hélice invisible. Los tornos callaban, como si estuvieran meditando. Solo las grúas se movían casi imperceptiblemente, como de puntillas, deslizándose, inclinándose, levantando con sus tentáculos los terrones de aire helado y cargando los tanques del Integral. Ya estamos preparando el Integral para un vuelo de prueba.
—Bueno, ¿la hacemos subir en una semana? Esta fue mi pregunta dirigida al Segundo Constructor. Su rostro es como la porcelana, pintado con dulces florecitas azules y rosas tiernas (ojos y labios), pero hoy esas florecitas parecían descoloridas y lavadas. Contábamos en voz alta cuando de repente me interrumpí a mitad de una palabra y me detuve, con la boca abierta; por encima de la cúpula, por encima del bloque azul alzado por la grúa, había un pequeño cuadrado blanco apenas perceptible.