Las branquias se hincharon primero hasta formar bultos de color rojo ladrillo, luego decayeron y se volvieron grises. Abrió la boca para decir algo pero sin mediar palabra la cerró de golpe y salió.
Me lancé hacia la I-330.
“¡Jamás, jamás me lo perdonaré! ¡Ella se atrevió! Tú… pero tú no crees, ¿verdad?, que tú, que ella… ¡Todo esto es porque quiere impresionarme, pero yo…!”.
—Por fortuna ella no tendrá tiempo para eso ahora. Además, ni aunque hubiera mil como ella… No me importa… Sé que no me creerás a mí, sino a ese millar. Pues después de todo lo que pasó ayer, soy toda tuya, toda, hasta el final, tal como querías. Estoy en tus manos; puedes ahora en cualquier momento…
—¿Qué, «en cualquier momento»? (Pero al instante comprendí a qué se refería. La sangre me zumbó en los oídos y me ardió en las mejillas). —¡No