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Registro dieciséis

Guardaba silencio, absurdamente colgado boca abajo.

—Sígueme —dijo S- con severidad.

Le seguí obedientemente, agitando mis brazos innecesarios y extraños. No podía levantar los ojos.

Caminé a través de un mundo extraño y trastornado, donde la gente tenía los pies pegados a los techos, y donde las locomotoras se ergían con las bases hacia arriba, y donde, más abajo todavía, el cielo se fundía en el pesado cristal del pavimento.

Recuerdo que lo que más me dolía era el hecho de que, al mirar el mundo por última vez en mi vida, tuviera que verlo al revés en lugar de en su estado natural; pero no podía levantar los ojos.

Nos detuvimos.

Pasos.

Un paso⁠ ⁠… y debería ver las siluetas de los médicos con sus delantales blancos y la enorme y muda Campana.

Con fuerza, con una especie de tornillo interior, al fin logré apartar los ojos del cristal bajo mis pies, y advertí las letras doradas: «Buró Médico». ¿Por qué me trajo aquí en lugar de al Departamento de Operaciones? ¿Por qué me perdonó?⁠—en esto ni siquiera pensé en ese momento. Di un solo salto por todos los peldaños, cerré firmemente la puerta tras de mí y tomé una bocanada de aire muy profunda, como si no hubiera respirado desde la mañana y como si mi corazón no hubiera latido durante el mismo tiempo, como si solo ahora empezara a respirar y solo ahora se hubiera abierto una compuerta en mi pecho.⁠ ⁠…

Adentro había dos, uno un espécimen bajo de piernas pesadas, sus ojos como los cuernos de un toro arrojando a los pacientes hacia arriba, el

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