una realidad tridimensional y no otra realidad. Me limité a observar, con bastante sequedad, que su trabajo era abrir la verja, y me dejó entrar en el patio.
Estaba vacío. Silencioso. El viento permanecía más allá de los muros, distante como en aquel día en que, codo con codo, dos como uno, salimos de debajo, de los corredores, si es que alguna vez ocurrió de verdad. Caminé bajo arcos de piedra, mis pasos resonaban contra las húmedas bóvedas y caían a mis espalda, haciendo ruido como si alguien me siguiera continuamente. Los muros amarillos con manchas de ladrillo rojo me observaban a través de sus gafas cuadradas, las ventanas, observándome abrir las puertas chirriantes de un granero, mirar en rincones, recovecos y lugares ocultos.
… Una puerta en la verja y un paraje solitario. El monumento a la Guerra de los Doscientos Años. Del suelo desnudo sobresalían costillas de piedra. Las fauces amarillas del muro. Un horno antiguo con una chimenea como un barco petrificado para siempre entre olas de ladrillo rojo.
Me pareció que había visto esos dientes amarillos alguna vez antes. Los seguía viendo tenuemente en mi mente, como en el fondo de un barril, a través del agua. Y comencé a buscar.
- De vez en cuando caía en cuevas;
- tropezaba con piedras;
- unas mandíbulas oxidadas me atraparon el unif algunas veces;
- gotas saladas de sudor corrían de mi frente a mis ojos.
¡En ninguna parte! ¡Pude encontrar esa salida desde abajo, desde los pasillos, en ninguna parte! No había ninguna. Bueno, tal vez era mejor que sucediera así. Probablemente todo fue solo uno de mis absurdos «sueños».