Hechos—La campana—Estoy seguro.
Luz del día. Está despejado. El barómetro: 760 mm. ¿Es posible que yo, D-503, realmente haya escrito estas páginas? ¿Es posible que alguna vez haya sentido, o imaginado que sentía, todo esto?
La letra es mía. Y lo que sigue está escrito enteramente de mi puño y letra. Afortunadamente solo la letra. Nada más de delirio, ni metáforas absurdas, ni sentimientos: solo hechos. Pues estoy sano, perfecta, absolutamente sano.
… Estoy sonriendo; no puedo evitar sonreír; me han sacado una astilla de la cabeza y me siento tan ligero, ¡tan vacío! Para ser más exacto, no vacío, sino que no hay nada extraño, nada que me impida sonreír. (Sonreír es el estado normal de un ser humano normal).
Los hechos son los siguientes:
- Aquella tarde mi vecino, el que descubrió la finitud del universo, y yo, y todos los demás que no teníamos un certificado que demostrara que nos habían operado, todos fuimos conducidos al auditorio más cercano.
- (Por alguna razón, el número del auditorio, el 112, me pareció familiar).
Allí nos ataron a las mesas y nos practicaron la gran operación.
Al día siguiente, yo, D-503, comparecí ante el Bienhechor y le conté todo cuanto sabía acerca de los enemigos de la felicidad. Por qué antes me parecía difícil ir, no lo consigo comprender. La única explicación parece ser mi enfermedad: mi alma.