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Registro Treinta y Cuatro

un segundo quedó suspendido sin moverse, luego el pelito se rompió y el Integral, como una piedra, se precipitó hacia abajo a velocidad creciente. Así, en silencio, pasaron los minutos, decenas de minutos. Mi pulso era audible; la manecilla del reloj ante mis ojos se acercaba cada vez más a las doce. Para mí era evidente que yo era una piedra; I-330, la tierra; y la piedra tenía la obligación irresistible de caer hacia abajo, de estrellarse contra la tierra y hacerse añicos. ¿Y si… ? Abajo ya aparecía el duro humo azul de las nubes… ¿Y si… ? Pero el fonógrafo dentro de mí, con un movimiento y una precisión de bisagra, tomó el teléfono y ordenó: «¡Baja velocidad!». La piedra dejó de caer. Solo los cuatro tubos inferiores rugían, dos a proa y dos a popa, lo justo para mantener inmóvil al Integral, y el Integral, temblando apenas, se detuvo en el aire como si estuviera fondeado, a un kilómetro más o menos de la tierra.

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