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Registro Veinte

Hay ideas de arcilla e ideas moldeadas en oro, o en nuestro precioso vidrio. Para conocer el material del cual está hecha una idea, basta con dejar caer sobre ella una gota de ácido fuerte. Uno de estos ácidos era conocido por los antiguos bajo el nombre de reductio ad absurdum. Este era su nombre, creo. Pero le temían a este veneno; preferían creer que veían el cielo, aunque fuera un juguete hecho de arcilla, antes que confesarse a sí mismos que no era más que una nada azul. Nosotros, en cambio (¡Gloria al Bienhechor!), somos adultos y no necesitamos juguetes. Ahora bien, si ponemos una gota de ácido sobre la idea del «derecho»… Incluso los antiguos (los más maduros de ellos) sabían que la fuente del derecho era… ¡el poder! El derecho es una función del poder. Aquí tenemos nuestra balanza: de un lado una onza, del otro una tonelada. De un lado «yo», del otro «nosotros», el Estado Unico. ¿No está claro? Suponer que yo pueda tener algún «derecho» frente al Estado, es como suponer que una onza puede equilibrar una tonelada en una balanza. De ahí la distribución natural: toneladas, derechos; gramos, deberes. ¡Y el camino natural de la nada a la grandeza consiste en olvidar que uno es un gramo y sentirse una millonésima parte de una tonelada!

Vosotros de cuerpos maduros, brillantes venusianos; vosotros, tiznados uranianos con aspecto de herreros, casi alcanzo a oír vuestras protestas en este silencio.

Pero pensad tan solo que todo lo grande es simple.

¡Recordad que solo las cuatro reglas de la aritmética son inquebrantables y eternas! Y solo aquella mortalidad será inquebrantable y eterna que esté construida sobre esas cuatro reglas.

¡Esta es la sabiduría superior, esta es la cúspide de aquella pirámide alrededor de la cual la gente, roja de sudor, luchó y combatió durante siglos intentando trepar hasta la cima!

Mirando desde esta cima hacia el fondo, donde algo todavía sigue bulliendo como gusanos, desde esta cima todo lo que en nosotros queda

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