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Registro Trece

Niebla⁠—Tú⁠—Una aventura decididamente absurda.

Me desperté al amanecer. El firmamento color de rosa me miraba a los ojos. Todo era hermoso, redondo.

«O-90 vendrá esta noche. Sin duda he sanado de nuevo».

Sonreí y me dormí. ¡La Campana de la Mañana! Me levanté; todo parecía diferente. A través del vidrio del techo, a través de las paredes, no se veía nada más que niebla⁠: niebla por todas partes, nubes extrañas que se volvían más pesadas y cercanas; el límite entre la tierra y el cielo desaparecía. Todo parecía flotar, descongelarse y caer.⁠ ⁠… Ni una sola cosa a la que aferrarse. No se veían casas; todas se habían disuelto en la niebla como cristales de sal en el agua.

En las aceras y dentro de las casas, figuras oscuras como partículas en suspensión en una extraña solución lechosa, pendían, abajo, arriba⁠—hasta el décimo piso. Todo parecía cubierto de humo, como si en alguna parte ardiera un fuego silencioso.

A las once y cuarenta y cinco en punto (miré el reloj expresamente a esa hora para retener las cifras, para salvar al menos las cifras) a las once y cuarenta y cinco, justo antes de salir, según nuestra Tabla de Horas, para ir a ocuparme en un trabajo físico, pasé por mi habitación un momento. De repente sonó el teléfono. Una voz —una aguja larga que penetraba lentamente en mi corazón—:

—¡Oh, estás en casa! ¡Me alegro mucho! Espérame en la esquina. Iremos juntos. […] ¿A dónde? Bueno, ya lo verás.

—Sabes perfectamente que ahora me voy a trabajar.

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