—Te comprendo. Te comprendo perfectamente —dijo—. Sin embargo, debes calmarte. Debes hacerlo. Regresará. Inevitablemente regresará. Lo único importante es que todos conozcan mi descubrimiento. Eres el primero con quien hablo de ello. ¡He calculado que no existe el infinito! ¡No!
Lo miré desaforadamente.
—Sí, sí, se lo digo yo. No hay infinito. Si el universo fuera infinito, entonces la densidad media de la materia tendría que ser igual a cero, pero como no es cero, sabemos, en consecuencia, que el universo es finito; es de forma esférica y el cuadrado de su radio —R 2 — es igual a la densidad media multiplicada por. … Lo único que falta es calcular el coeficiente numérico y luego. … ¿Se da usted cuenta de lo que significa? Significa que todo es definitivo, todo es sencillo. … ¡Pero usted, estimado señor, me molesta, me impide terminar mis cálculos con sus gritos!
No sé qué me destrozó más, si su descubrimiento o su seguridad en aquella hora apocalíptica. Solo entonces reparé en que tenía en las manos un cuaderno y una regla de cálculo. Comprendí entonces que, aun pereciéndolo todo, era mi deber (ante ti, desconocida y amada mía) dejar estos apuntes terminados.
Le pedí que me diera un poco de papel, y aquí en el baño, con el acompañamiento de la música silenciosa, transparente como el agua, escribí estas últimas líneas.
Estaba a punto de poner un punto como los antiguos habrían puesto una cruz sobre las cuevas en las que solían arrojar a sus muertos, cuando de repente mi lápiz tembló y cayó de entre mis dedos. …
«¡Escuche!» (tiré de mi vecino). «Sí, escuche, se lo digo yo. Ahí, donde termina su universo finito, ¿qué hay? ¿Qué?»