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Registro Veintidós

Desde mis espaldas: «Tú no gritaste nada».

«¡No, pero quería hacerlo! ¡Lo juro por el Bienhechor, quería hacerlo!»

Por un segundo me atravesaron los ojos grises, fríos y taladradores. No sé si creía que lo que había dicho era la verdad (¡casi!), o si tenía alguna razón secreta para perdonarme por un tiempo, pero escribió una breve nota, se la entregué a uno de los que me habían retenido y de nuevo fui libre.

Es decir, volví a ser incluido en las ordenadas e interminables filas asirias de Números.

El cuadrángulo, la cara pecosa y el templo con el mapa de finas venas azules desaparecieron para siempre al doblar la esquina. Caminamos de nuevo —un cuerpo de un millón de cabezas—; y en cada uno de nosotros residía esa humilde alegría con la que con toda probabilidad viven las moléculas, los átomos y los fagocitos.

En los días antiguos, los cristianos comprendían este sentimiento; son nuestros únicos (aunque muy imperfectos) precursores directos. La grandeza de la «Iglesia del Rebaño Unido» les era conocida. Sabían que la resignación es una virtud y el orgullo, un vicio; que el «Nosotros» proviene de Dios, y el «Yo», del diablo.

Iba caminando, llevando el paso con los demás pero separado de ellos. Aún temblaba por la emoción recién sentida, como un puente sobre el que un tren de acero antiguo y estruendoso hubiera pasado un instante antes. Me sentía a mí mismo. Sentirse a uno mismo, ser consciente de la propia personalidad, es la suerte de un ojo inflamado por una ceniza, o un dedo infectado, o una muela picada. Un ojo sano, o un dedo, o una muela no se sienten; por decirlo así, no existen.

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