¿No es evidente entonces que la conciencia de uno mismo es una enfermedad?
Al parecer ya no soy un fagócito que de manera silenciosa y profesional devora microbios (microbios con rostros pecosos y sienes azules); al parecer soy yo mismo un microbio, y ella también, I-330, es un microbio, ¡un microbio maravilloso y diabólico!
Es muy posible que ya haya miles de microbios semejantes entre nosotros, que aún fingen ser fagócitos, como yo finjo. ¿Y si el accidente de hoy, aunque en sí mismo no sea importante, es solo un comienzo, solo el primer meteorito de una lluvia de piedras ardientes y estruendosas que el infinito ha derramado sobre nuestro paraíso de cristal?