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Registro dieciocho

mi corazón seguía latiendo desbocado, temblando y contrayéndose; había un dolor sordo en las puntas de mis dedos y en mis rodillas. ¡Esto indudablemente ocurrió! Y ahora ya no soy capaz de distinguir qué es sueño de qué es realidad; números irracionales crecen a través de mi sólida, habitual y tridimensional vida; y en lugar de superficies firmes y pulidas hay algo peludo y áspero.

Esperé mucho tiempo a que sonara la Campana. Estaba recostado pensando, desenredando una cadena lógica muy extraña. En nuestra vida superficial, cada fórmula, cada ecuación, corresponde a una curva o a un sólido. Jamás hemos visto ninguna curva o sólido que corresponda a mi raíz cuadrada de menos uno. Lo aterrador de la situación es que existen tales curvas o sólidos; invisibles para nosotros, de hecho existen, deben existir, inevitablemente; porque en las matemáticas, al igual que en una pantalla, extrañas y nítidas sombras aparecen ante nosotros. Hay que recordar que las matemáticas, como la muerte, nunca se equivocan, nunca hacen trampas. Si somos incapaces de ver esas curvas o sólidos irracionales, solo significa que poseen inevitablemente un mundo entero e inmenso en algún lugar bajo la superficie de nuestra vida.

Me levanté de un salto sin esperar la campana del despertar y comencé a pasearme de un lado a otro de la habitación. Mis matemáticas, la única isla firme e inamovible de mi vida sacudida, también esta se había desprendido de su ancla y flotaba, girando en torbellino. Entonces significa que esa cosa absurda, el «alma», es tan real como mi uniforme, como mis botas, aunque no las vea puesto que están tras la puerta del armario. Si las botas no son una enfermedad, ¿por qué habría de serlo el «alma»? Busqué, pero no pude encontrar una salida a la confusión lógica. Me parecía a esos extraños y tristes escombros más allá del Muro Verde; mis

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