los restos verdes, en primavera, los brotes invisibles intentan abrirse paso así a través de la tierra para sacar sus ramas y hojas y florecer.
Durante unos segundos me alumbró el rostro con sus ojos azules en silencio.
“Te vi en el Día de la Unanimidad”.
—Yo también te vi. —En seguida recordé; abajo, en un pasillo estrecho había estado de pie, apretándose contra la pared, protegiéndose el abdomen con los brazos, y automáticamente eché una ojeada ahora a su abdomen que abultaba el unif. Debió de haberlo notado, pues se puso rosada, y con una sonrisa sonrosada:
“¡Soy tan feliz… tan feliz! Estoy tan llena de… ya comprende, estoy… camino y no oigo nada a mi alrededor… Y todo el tiempo escucho dentro, dentro de mí…”.
Me quedé callado. Algo extraño ensombrecía mi rostro y me era imposible librarme de ello. De repente, toda radiante, de un azul luminoso, me cogió de la mano; sentí sus labios sobre ella.
… Era por primera vez en mi vida.
… Era una caricia ancestral, todavía desconocida para mí.
… Y sentí tanta vergüenza y me dolió tanto que aparté la mano con rapidez, creo que incluso con brusquedad.
—Escucha, estás loco, al parecer. … Y de todas maneras tú … ¿de qué te alegras? ¿Es posible que olvides lo que tienes por delante? Si no es ahora, dentro de un mes o dos. …
Su luz se apagó, su redondez decayó y se encogió. Y en mi corazón una compresión desagradable, incluso dolorosa, se mezcló con la compasión.