Puso la carta en mi mano y salió sin decir una palabra.
Del sobre cayó un cheque rosa. ¡Era suyo, su cheque! ¡Su tierno perfume! Sentí ganas de correr para alcanzar a aquel maravilloso de-bajo-de-la-frente.
Del sobre siguió al cheque una pequeña esquela; tres líneas:
«El cheque… Baja las cortinas sin falta, como si estuviera efectivamente contigo. Es necesario que crean que yo… Lo siento mucho, muchísimo».
Rompi la nota en pedazos pequeños. Una ojeada al espejo reveló mis cejas deformes y quebradas. Tomé el cheque y me dispuse a hacer con él lo mismo que había hecho con la nota.
«Ella pidió que todo… tal como se solicitaba en la carta… sin falta».
Mis brazos perdieron fuerza y las manos se aflojaron. El cheque volvió a quedar sobre la mesa. Ella es más fuerte que yo, más fuerte que yo. Parecía como si fuera a actuar tal como ella deseaba. Además… sin embargo, falta mucho para el anochecer.
El cheque seguía sobre la mesa. En el espejo: mis cejas deformes y quebradas. ¡Oh, por qué no tendría hoy un certificado médico! Me gustaría ir a caminar, caminar sin fin alrededor del Muro Verde y luego desplomarme sobre mi cama … hasta el fondo de. … ¡Pero tenía que ir al Auditorio núm. 13, y tendría que controlarme para aguantar dos horas! ¡Dos horas sin moverme, en un momento en que quería gritar y zapatear!
La conferencia había empezado. Resultaba muy extraño escuchar en el brillante tubo del fonoconferenciante no la habitual voz metálica, sino una voz suave, aterciopelada, musgosa. Era la voz de una mujer y me pareció ver a la mujer: una viejecita encorvada, como la de la Casa Antigua.