Aquel «Nadie» equivalía ciertamente al número del talón: I-330. Este pensamiento se vio confirmado por una mancha de tinta que cayó cerca de la cifra 330.
¡Querida, maravillosa U-! Tienes razón, por supuesto. No soy razonable. Estoy enfermo. Tengo alma. Soy un microbio.
Pero florecer, ¿no es una enfermedad? ¿No resulta doloroso cuando estallan los brotes? ¿Y no crees que los espermatozoides son los más terribles de todos los microbios?
De nuevo arriba, en mi habitación. En la copa abierta de par en par del sillón estaba I-330. Yo, en el suelo, abrazando sus piernas, con la cabeza en su regazo. Estábamos en silencio. Todo estaba en silencio. Solo se oía el pulso.
Como un cristal me estaba disolviendo en ella, en I-330. Sentía con absoluta claridad cómo las facetas pulidas que me limitaban en el espacio iban descongelándose lentamente, derritiéndose. Me disolvía en su regazo, en ella, y al mismo tiempo me hacía más pequeño y más y más grande, inabarcable.
Porque ella no era ella, sino todo el universo. Por un segundo, yo y aquel sillón cerca de la cama, traspasados de alegría, éramos uno. Y la anciana que sonreía maravillosamente en la puerta de la Casa Antigua, y los escombros salvajes más allá del Muro Verde, y unos extraños restos plateados sobre un fondo negro, adormilados como la anciana, y el portazo en la distancia—todo esto estaba dentro de mí, escuchaba mi pulso y surcaba los segundos más felices.
Con palabras absurdas, confusas y desbordantes intenté decirle que yo era un cristal y que había una puerta en mí, y que sentía lo feliz que era el sillón. Pero del intento salió algo sin sentido y me detuve. Sentí vergüenza. Y de pronto: