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Capítulo 24

La misma tarde.

A través de la pared de vidrio de la casa veo un atardecer inquietante, ventoso, de un rosa afiebrado. Muevo mi sillón para evitar ese rosado y hojeo estas páginas, y descubro que voy olvidando que escribo esto no para mí, sino para ustedes, gente desconocida a la que amo y compadezco, para ustedes que aún se quedan rezagados siglos atrás, abajo.

Déjenme hablarles del Día de la Unanimidad, de ese Gran Día. Pienso que ese día representa para nosotros lo que la Pascua para los antiguos. Recuerdo que en la víspera de ese día solía preparar un calendario de horas; con solemnidad tachaba cada vez la cifra de la hora transcurrida: ¡una hora más cerca! ¡una hora menos que esperar! …

Si estuviera seguro de que nadie lo descubriría, les aseguro que también ahora fabricaría un calendario así y lo llevaría conmigo, y vigilaría cuántas horas faltan hasta mañana, cuando podré ver, al menos desde lejos. …

(Me interrumpieron. Me trajeron un nuevo unif de la tienda. Como es costumbre, nos dan unifs nuevos para la celebración de mañana. Pasos en el vestíbulo, exclamaciones de alegría, ruidos.)

Continuaré; mañana veré el mismo espectáculo que vemos año tras año y que siempre despierta en nosotros emociones nuevas, como si lo viéramos por primera vez: una impresionante multitud de brazos piadosamente levantados. Mañana es el día de la elección anual del Bienhechor. Mañana volveremos a entregar a nuestro Bienhechor las llaves de la inexpugnable fortaleza de

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