estaba. No vino. Y es muy posible que ahora, en este minuto, mientras escribo estas líneas, exactamente a las veintidós horas, con los ojos cerrados, esté apretando el hombro contra otra persona del mismo modo y del mismo modo le esté preguntando a alguien: «¿Me amas?». ¿A quién? ¿Quién es él? ¿Aquel de los dedos como rayos o aquel de labios gruesos que saliva al pronunciar la erre? ¿O S- ? ¡S- ! ¿Por qué he oído sus pasos chapoteando a mis espalda como en una zanja todos estos días? ¿Por qué me ha estado siguiendo todos estos días como una sombra? Delante de mí, a mi lado, detrás de mí, una sombra gris azulada y bidimensional; la gente la atraviesa, la gente la pisa, pero ella sigue cerca, unida a mí por lazos invisibles. Quizá ese lazo sea I-330 . No lo sé. O tal vez ellos, me refiero a los Guardianes, ya sepan que yo …
Si alguien te dijera que tu sombra te ve, te ve todo el tiempo, ¿lo entenderías?
De repente surgen en ti sensaciones peculiares; tus brazos parecen pertenecer a otra persona, estorban. Así me siento yo; muy frecuentemente ahora noto cuán absurdamente agito las manos sin ningún ritmo.
Tengo un deseo irresistible de mirar atrás, pero soy incapaz de hacerlo, bien podría tener el cuello forjado de hierro. Huyo, corro cada vez más rápido, y aun con la espalda siento que esa sombra me persigue tan rápido como puedo correr, ¡y no hay ningún lugar donde esconderme, ningún lugar!
Al fin llego a mi habitación. ¡Por fin a solas! Pero aquí encuentro otra cosa, el teléfono. Descolgué el auricular. «Sí, con la I-330, por favor». Y de nuevo oigo un ruido leve a través del auricular; el paso de alguien por el pasillo de allá, cruzando la puerta de su habitación, y—silencio. … Suelto el auricular. ¡No puedo, no puedo soportarlo más, y corro a verla!
Esto pasó ayer. Corrí hacia allá y durante una hora entera, de las dieciséis a las diecisiete, deambulé cerca de la casa en la que ella vive. Pasaban filas