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Registro Diez

A las doce, de nuevo la sonrisa de branquias de pescado de color marrón rosado, y por fin la carta estaba en mis manos. No puedo decir por qué no la leí allí mismo, sino que me la guardé en el bolsillo y eché a correr a mi habitación. La abrí, le eché un vistazo y... y me senté. Era la notificación oficial en la que se me informaba de que la número I-330 me había sido asignada y que hoy, a las veintiuna horas, debía presentarme ante ella. Se indicaba su dirección.

«¡No! ¡Después de todo lo que pasó! ¡Después de mostrarle francamente mi actitud hacia ella! Además, ¿cómo podía saber ella que no fui a la Oficina de los Guardianes? No tenía forma de saber que estaba enfermo y que no podía.⁠ ⁠… ¡Y a pesar de todo esto.⁠ ⁠!»

Una dinamo giraba y zumbaba en mi cabeza. Buda… amarillo… lirios del valle… media luna rosada.… Además… ¡además, O- quería venir a verme hoy! Estoy seguro de que no creería (¿cómo iba a creerse), que yo no tuve absolutamente nada que ver con el asunto, que… Estoy seguro también de que nosotros (O- y yo) mantendremos una conversación difícil, estúpida y absolutamente ilógica. ¡No, cualquier cosa menos eso! Que la situación se resuelva mecánicamente; le enviaré una copia de este comunicado oficial.

Mientras me guardaba apresuradamente el papel en el bolsillo, me fijé en mi terrible mano simiesca. Recordé cómo aquel día, durante nuestro paseo, ella me cogió la mano y se la quedó mirando. ¿Es posible que de verdad... que ella...?

Un cuarto para las veintiuna. Una blanca noche del norte. Todo era de vidrio⁠—verdoso. Pero era un vidrio de otra clase, no como el nuestro, no genuino pero muy quebradizo⁠—una fina capa de vidrio y dentro de esa capa las cosas volaban, giraban, zumbaban. No me habría sorprendido si de repente la cúpula del auditorio se hubiera elevado en lentas y arremolinadas nubes de humo; o si la luna madura hubiera lanzado una

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