La misma tarde
¿Conocéis la siguiente sensación? Voláis en un aéreo y os precipitáis hacia arriba por una línea espiral azul; la ventana está abierta y el viento silva al pasar raudo junto a vuestro rostro.
No hay tierra. La tierra se olvida. La tierra está tan lejos de vosotros como Venus, Saturno o Júpiter.
Así es como vivo ahora. Un viento huracanado me azota la cara; olvido la tierra, olvido a la rosada y querida O-90. Con todo, la tierra sí existe y tarde o temprano tendré que descender en planeador a esa tierra; solo cierro los ojos para no ver la fecha en la que está escrito el nombre de O-90 en mis Tablas.
Esta tarde la tierra lejana se hizo presente.
Para cumplir con la recomendación del médico (deseo sinceramente, con toda sinceridad deseo curarme), vagué durante dos horas y ocho minutos por las líneas rectas de las avenidas desiertas. Todo el mundo estaba en los auditorios, de acuerdo con la Tabla.
Solo yo, aislado del resto, estaba solo. Estrictamente hablando, era una situación muy antinatural. Imagínense un dedo cortado del todo, de la mano; un dedo humano separado, algo encorvado, corriendo sobre la acera de cristal. Yo era un dedo así.
Lo que parecía más extraño y antinatural era que el dedo no tuviera el deseo de estar con su mano, con sus semejantes. Quiero estar solo o estar con ella; quiero fundir todo mi ser en el suyo a través del contacto con su hombro o mediante nuestros dedos entrelazados.