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Capítulo 25

Abajo las olas humanas seguían espumando, agitándose, rugiendo, pero parecían estar muy lejos y volviéndose cada vez más distantes.

Pues ella me estaba mirando. Poco a poco me atrajo hacia su interior a través de las estrechas ventanas doradas de sus pupilas.

Permanecimos así en silencio durante un buen rato. Y por alguna razón recordé cómo una vez observé unas extrañas pupilas amarillas a través del Muro Verde, mientras por encima del Muro planeaban unas aves (¿o aquello fue en otro momento?).

“Mira, si mañana no ocurre nada en particular, te llevaré allí; ¿entiendes?”

No, no comprendí, pero asentí en silencio. Me disolví, me volví infinitesimal, un punto geométrico.⁠ ⁠…

Después de todo, hay cierta lógica —una lógica peculiar de hoy, en este estado de ser un punto. Un punto tiene más incógnitas que cualquier otra entidad. Si un punto empezara a moverse, podría convertirse en miles de curvas, o cientos de sólidos.

Temía moverme. ¿En qué me habría convertido si me hubiera movido? Me parecía que todos, al igual que yo, temían ahora hasta el más mínimo de los movimientos.

En este momento, por ejemplo, mientras me siento a escribir, todo el mundo está sentado y oculto en su celda de cristal, esperando algo. No oigo el zumbido de los ascensores, habitual a esta hora, ni risas ni pasos; de vez en cuando, Números pasan en parejas por el pasillo, susurrando, de puntillas.⁠ ⁠…

¿Qué pasará mañana?

¿Qué será de mí mañana?

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