recopilé hechos a gran escala, más especialmente respecto a las producciones domesticadas, mediante consultas impresas, conversaciones con criadores y jardineros expertos, y lecturas extensas. Cuando veo la lista de libros de toda clase que leí y de los que hice extractos, incluidas series enteras de revistas (Journals) y actas (Transactions), me sorprende mi laboriosidad. Pronto percibí que la selección era la piedra angular del éxito del hombre en la creación de razas útiles de animales y plantas. Pero cómo podía aplicarse la selección a los organismos que viven en estado natural siguió siendo un misterio para mí durante algún tiempo.
En octubre de 1838, es decir, quince meses después de haber comenzado mi investigación sistemática, ocurrió que leí por distracción el ensayo «Malthus sobre la población» y, estando bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que se desarrolla en todas partes a partir de la observación prolongada de los hábitos de los animales y las plantas, se me ocurrió de inmediato que, bajo estas circunstancias, las variaciones favorables tenderían a conservarse y las desfavorables a ser destruidas. El resultado de esto sería la formación de nuevas especies.
Aquí, pues, había conseguido por fin una teoría sobre la cual trabajar; pero estaba tan ansioso por evitar los prejuicios que decidí no escribir durante algún tiempo ni siquiera el más breve esquema de ella. En junio de 1842 me permití por primera vez la satisfacción de redactar un extracto muy breve de mi teoría a lápiz en 35 páginas; y este fue ampliado durante el verano de 1844 hasta alcanzar uno de 230 páginas, que mandé en limpio y aún conservo.
Pero por entonces pasé por alto un problema de gran importancia; y me asombra, salvo por el principio de Colón y su huevo, cómo pude pasarlo por alto y a su solución. Este problema es la tendencia de los seres orgánicos descendientes de un mismo tronco a divergir en sus caracteres a medida que se modifican.