recordar. El Dr.— hizo que sus clases de anatomía humana fueran tan aburridas como él mismo, y la materia me repugnaba. Ha resultado ser uno de los mayores males de mi vida el que no se me instara a practicar la disección, pues pronto habría superado mi repugnancia; y la práctica habría sido inestimable para todo mi trabajo futuro. Esto ha sido un mal irremediable, así como mi incapacidad para
También asistía con regularidad a las salas clínicas del hospital.
Algunos de los casos me angustiaron bastante, y todavía conservo imágenes vívidas de algunos de ellos; pero no fui tan tonto como para permitir que esto disminuyera mi asistencia. No puedo entender por qué esta parte de mi carrera de medicina no me interesó en mayor grado; pues durante el verano antes de venir a Edimburgo comencé a atender a algunas personas pobres, principalmente niños y mujeres en Shrewsbury: escribí un relato lo más completo posible del caso con todos los síntomas, y se los leí en voz alta a mi padre, quien sugirió más preguntas y me aconsejó qué medicamentos dar, los cuales preparaba yo mismo.
En una época tuve al menos una docena de pacientes, y sentí un gran interés por el trabajo. Mi padre, que era con mucho el mejor juez de carácter que he conocido, declaró que llegaría a ser un médico exitoso —entendiendo por esto uno que consiguiera muchos pacientes—. Sostenía que el elemento principal del éxito era inspirar confianza; pero qué vio en mí que le convenció de que yo inspiraría confianza, no lo sé.
También asistí en dos ocasiones al quirófano del hospital de Edimburgo y presencié dos operaciones muy graves, una de ellas a un niño, pero salí huyendo antes de que terminaran. Tampoco volví a asistir nunca, pues apenas habría existido incentivo capaz de obligarme a hacerlo; esto sucedió mucho antes de los benditos días del cloroformo. Ambos casos me persiguieron fielmente durante muchísimos años.
Mi hermano se quedó solo un año en la Universidad, de modo que durante el segundo año quedé abandonado a mis propios recursos; y esto