condiciones— era, a primera vista, inaplicable a todo el mundo vegetal. No creo que ningún juez imparcial que lea la Philosophie Zoologique ahora, y que luego emprenda la mordaz y eficaz crítica de Lyell (publicada ya en 1830), esté dispuesto a conceder a Lamarck un lugar mucho más alto en el establecimiento de la evolución biológica que aquel que Bacon se asigna a sí mismo en relación con la ciencia física en general: buccinator tantum. > (Erasmus Darwin promulgó por primera vez las concepciones fundamentales de Lamarck y, con mayor consistencia lógica, las había aplicado a las plantas. Pero los defensores de sus méritos no han logrado demostrar que él se anticipara en ningún aspecto a la idea central del Origen de las especies).
Pero, por una curiosa ironía del destino, la misma influencia que me llevó a depositar tan poca fe en las especulaciones modernas sobre este asunto como en las venerables tradiciones registradas en los dos primeros capítulos del Génesis, fue quizá más potente que cualquier otra para mantener viva una especie de convicción piadosa de que la evolución, a fin de cuentas, resultaría ser verdad. He releído recientemente la primera edición de los Principles of Geology; y cuando considero que este notable libro llevaba casi treinta años en manos de todo lector, y que transmite a cualquier lector de inteligencia ordinaria un gran principio y un gran hecho —el principio de que el pasado debe explicarse por el presente, a menos que se demuestre lo contrario con buenas razones; y el hecho de que, hasta donde llega nuestro conocimiento de la historia pasada de la vida en nuestro globo, no se puede demostrar tal razón (El mismo principio y el mismo hecho guían el resultado de toda investigación histórica sólida. La History of Greece de Grote es producto del mismo movimiento intelectual que los Principles de Lyell)—, no puedo por menos