recordó que muchos años antes le había dicho, al debatir sobre la oposición de la vieja escuela de geólogos a sus nuevas ideas: «Qué bueno sería que todo hombre de ciencia muriera a los sesenta años, ya que después seguramente se opondría a todas las nuevas doctrinas». Pero esperaba que ahora se le permitiera vivir.
La ciencia de la geología está enormemente endeudada con Lyell; más, según creo, que con cualquier otro hombre que haya vivido jamás. Cuando [yo] partía en el viaje del «Beagle», el sagaz Henslow, quien, como todos los demás geólogos, creía en esa época en sucesivos cataclismos, me aconsejó que consiguiera y estudiara el primer volumen de los «Principios», que acababa de publicarse entonces, pero que bajo ningún concepto aceptara las opiniones en él defendidas.
¡Cuán diferentemente hablaría ahora cualquiera de los «Principios»! Me enorgullece recordar que el primer lugar, a saber, St. Jago, en el archipiélago de Cabo Verde, en el que practiqué la geología, me convenció de la infinita superioridad de las opiniones de Lyell sobre las defendidas en cualquier otra obra conocida por mí.
Los poderosos efectos de las obras de Lyell podían verse antes claramente en el diferente progreso de la ciencia en Francia e Inglaterra. El actual olvido total de las descabelladas hipótesis de Elie de Beaumont, tales como sus «cráteres de elevación» y «líneas de elevación» (cuya última hipótesis oí a Sedgwick alabar por las nubes en la Sociedad Geológica), puede atribuirse en gran medida a Lyell.
Traté bastante a Robert Brown, el facile Princeps Botanicorum, como lo llamó Humboldt. Me pareció que destacaba principalmente por la minuciosidad de sus observaciones y su perfecta exactitud. Sus conocimientos eran extraordinariamente vastos, y mucho se sepultó con él debido a su temor excesivo a cometer jamás un error. Me derramó sus saberes de la manera más abierta, aunque era extrañamente celoso en ciertos aspectos. Lo visité dos o tres veces antes del