importante, a saber, que con posterioridad se había producido un hundimiento alrededor de los cráteres, los cuales habían estado activos desde entonces y habían arrojado lava. Fue entonces cuando por primera vez vislumbré la posibilidad de escribir un libro sobre la geología de los distintos países visitados, lo que me hizo vibrar de júbilo. Aquella fue una hora memorable para mí, y cuán claramente puedo evocar el bajo acantilado de lava bajo el cual descansé, con el sol abrasador, unas cuantas plantas desérticas extrañas creciendo cerca, y con corales vivos en las pozas de marea a mis pies. Más adelante en el viaje, Fitz-Roy me pidió que leyera parte de mi Diario y declaró que valdría la pena publicarlo; ¡así que ya tenía un segundo libro en perspectiva!
Hacia el final de nuestro viaje recibí una carta estando en la Ascensión, en la que mis hermanas me contaban que Sedgwick había visitado a mi padre y había dicho que yo llegaría a ocupar un lugar entre los principales hombres de ciencia. En aquel momento no pude comprender cómo había podido enterarse de mis actuaciones, pero supe (creo que más tarde) que Henslow había leído algunas de las cartas que le escribí ante la Sociedad Filosófica de Cambridge (Leídas en la sesión celebradas el 16 de noviembre de 1835, e impresas en un folleto de 31 páginas para su distribución entre los miembros de la Sociedad.), y las había impreso para distribución privada. Mi colección de huesos fósiles, que había sido enviada a Henslow, también despertó considerable atención entre los paleontólogos. Tras leer esta carta, trepé por las montañas de la Ascensión con paso ligero y losas volcánicas hicieron eco bajo mi martillo geológico. Todo esto demuestra cuán ambicioso era; pero creo que puedo decir con verdad que, en años posteriores, aunque me importaba en sumo grado la aprobación de hombres como Lyell y Hooker, que eran mis amigos, el gran público no me importaba mucho. No quiero decir que una reseña