Cuando salimos le pregunté por qué no los había pagado, y al instante me respondió: «¿Cómo, no sabes que mi tío dejó una gran suma de dinero a la ciudad con la condición de que cada comerciante le diera todo lo que necesitara sin pagar a cualquiera que llevara su viejo sombrero y lo moviera [de] una manera determinada?», y entonces me enseñó cómo se movía. Luego entró en otra tienda donde sefiaban de él, pidió un pequeño artículo, moviendo el sombrero de la manera adecuada, y por supuesto lo obtuvo sin pagar. Cuando salimos, dijo: «Ahora, si te apetece ir tú solo a esa pastelería (¡qué bien recuerdo su ubicación exacta!), te prestaré mi sombrero y podrás conseguir lo que te guste si mueves el sombrero en tu cabeza correctamente». Acepté encantado la generosa oferta, entré y pedí unos pasteles, moví el viejo sombrero y me disponía a salir de la tienda cuando el tendero se abalanzó sobre mí, así que solté los pasteles y corrí para salvar la vida, y me sorprendió que mi falso amigo Garnett me recibiera con risas estruendosas.
Puedo decir en mi favor que de muchacho fui humano, pero esto se lo debí por completo a la instrucción y al ejemplo de mis hermanas. Dudo en verdad que la humanidad sea una cualidad natural o innata. Me gustaba mucho coleccionar huevos, pero nunca saqué más de un solo huevo del nido de un pájaro, excepto en una sola ocasión, en la que los tomé todos, no por su valor, sino por una especie de bravuconería.
Tenía una gran afición por la pesca con caña, y era capaz de pasar horas y horas en la orilla de un río o estanque observando el flotador; cuando estaba en Maer (La casa de su tío, Josiah Wedgwood.), me dijeron que podía matar a los gusanos con agua y sal, y desde aquel día nunca volví a ensartar un gusano vivo, aunque probablemente a expensas de perder algo de éxito.