había sido de gran utilidad.
Recibía muchas cartas de personas necias y sin escrúpulos, y todas ellas obtenían respuesta. Solía decir que, si no las contestaba, luego le quedaba en la conciencia, y sin duda fue en gran medida la cortesía con la que respondía a todo el mundo lo que produjo la sensación universal y generalizada de la bondad de su carácter, que resultó tan evidente a su muerte.
Era considerado con sus corresponsales en otras cosas de menor importancia; por ejemplo, al dictarle una carta a un extranjero, casi nunca dejaba de decirme: «Será mejor que procures escribir bien, ya que es para un extranjero». Sus cartas solían estar escritas bajo el supuesto de que serían leídas con descuido; por ello, cuando dictaba, se cuidaba de indicarme que hiciera que una cláusula importante comenzara con un párrafo evidente «para llamarle la atención», como solía decir. Cuánto pensaba en las molestias que causaba a los demás al hacer preguntas quedará suficientemente demostrado por sus cartas. Es difícil decir algo sobre el tono general de sus cartas; hablarán por sí mismas. La invariable cortesía de estas resulta muy llamativa. Tuve una prueba de esta cualidad en el afecto con el que el señor Hacon, su procurador, lo recordaba. Jamás había visto a mi padre, pero sentía hacia él un sincero afecto de amistad y hablaba en particular de sus cartas como de aquellas que un hombre rara vez recibe en asuntos de negocios: «Todo lo que hacía estaba bien, y todo era profusamente agradecido».
Tenía un impreso que utilizaba para responder a los corresponsales molestos, pero casi nunca lo usaba; supongo que jamás encontró una ocasión que le pareciera del todo adecuada. Recuerdo una ocasión en la que podría haberse empleado con provecho. Recibió una carta de un desconocido en la que este afirmaba haberse comprometido a defender la evolución en un debate y que, al ser un joven ocupado y sin tiempo para leer, deseaba que le hiciera un resumen de las opiniones de mi padre. Hasta este joven prodigioso obtuvo una