Se tomaba cualquier clase de molestia para ayudar a quienes creía que merecían ayuda. Era un hombre apuesto, notablemente distinguido, de modales sumamente corteses que recordaban a los de su tío materno, el famoso lord Castlereagh, según me dijo el ministro en Río. Sin embargo, gran parte de su apariencia debía de haberla heredado de Carlos II, pues el doctor Wallich me dio una colección de fotografías que había reunido, y me llamó la atención el parecido de una de ellas con Fitz-Roy; y al mirar el nombre, descubrí que era Ch. E. Sobieski Stuart, conde d'Albanie, descendiente del mismo monarca.
El carácter de Fitz-Roy era sumamente desafortunado. Solía empeorar a primera hora de la mañana y, con su vista de águila, por lo general lograba detectar algo que iba mal en el barco, tras lo cual no escatimaba en reproches. Fue muy amable conmigo, pero era un hombre muy difícil de tratar en la íntima convivencia que inevitablemente resultaba de comer solos en el mismo camarote. Tuvimos varias discusiones; por ejemplo, al principio del viaje en Bahía, en Brasil, defendió y alabó la esclavitud, que yo aborrecía, y me contó que acababa de visitar a un gran propietario de esclavos, el cual había mandado llamar a muchos de ellos y les había preguntado si eran felices y si deseaban ser libres, a lo que todos respondieron que «no». Le pregunté entonces, tal vez con desdén, si creía que la respuesta de unos esclavos en presencia de su amo tenía algún valor. Esto lo enfureció muchísimo y dijo que, puesto que ponía en duda su palabra, no podíamos seguir viviendo juntos. Pensé que me vería obligado a abandonar el barco; pero tan pronto como corrió la noticia —lo cual sucedió rápidamente, ya que el capitán mandó llamar al primer teniente para calificarme de insultos y aplacar así su ira—, me sentí profundamente halagado al recibir una invitación de todos los oficiales de la cámara de armas para comer con ellos.