despreocupada y juvenil, y su refinamiento natural relucía con más fuerza. Así, cuando hablaba con una dama que le agradaba y divertía, la combinación de ironía y deferencia en sus maneras era una delicia de ver.
Cuando mi padre tenía varios invitados, los manejaba bien, conversando un rato con cada uno o reuniendo a dos o tres alrededor de su sillón. En estas conversaciones siempre había bastante diversión y, en términos generales, su charla tomaba un giro humorístico o desprendía una cálida jovialidad que hacía las veces de tal.
Quizá mi recuerdo de un elemento omnipresente de humor sea más vívido porque las mejores charlas fueron con el señor Huxley, en quien se da esa agudeza emparentada con el humor, incluso cuando el humor en sí no está presente. Mi padre disfrutaba muchísimo del humor del señor Huxley y a menudo decía: «¡Qué diversión tan espléndida es Huxley!».
Supongo que debió de tener más discusiones científicas (de índole combativa) con Lyell y sir Joseph Hooker.
Solía decir que le entristecía comprobar que no sentía por los amigos de su última etapa el cálido afecto de su juventud. Ciertamente, en sus primeras cartas desde Cambridge da muestras de una amistad muy fuerte hacia Herbert y Fox; pero nadie salvo él mismo habría dicho que su afecto por sus amigos no fue, a lo largo de su vida, de la clase más cálida posible. Al servir a un amigo no se escatimaba a sí mismo, y el tiempo precioso y las fuerzas se entregaban de buena gana. Poseía indudablemente, en un grado inusual, el don de hacer que sus amigos se apegaran a él. Tuvo muchas amistades cálidas, pero a Sir Joseph Hooker lo unían lazos de afecto más fuertes de los que solemos ver entre los hombres. Escribió