mismo aprendió alemán a base de machacar con el diccionario; solía decir que su único método consistía en leer una frase muchas veces hasta que, por fin, se le revelaba el significado. Cuando empezó con el alemán hace tiempo, se vanagloriaba de ello (como solía contar) ante Sir J. Hooker, quien le respondió: «Ah, querido amigo, eso no es nada; yo lo he empezado muchas veces».
A pesar de su falta de gramática, se apañaba maravillosamente con el alemán, y las oraciones que no conseguía entender solían ser realmente difíciles.
Nunca intentaba hablar alemán correctamente, sino que pronunciaba las palabras como si fuesen inglesas; y esto hacía que fuera bastante difícil ayudarle, cuando leía en voz alta una oración alemana y pedía una traducción.
Desde luego, tenía mal oído para los sonidos vocales, de modo que le era imposible percibir pequeñas diferencias en la pronunciación.
Su amplio interés en ramas de la ciencia que no eran propiamente las suyas era notable. En las ciencias biológicas sus doctrinas se hacen sentir de un modo tan amplio que casi cualquier departamento de estas le resultaba interesante. Leyó una buena cantidad de obras muy especializadas y grandes partes de manuales, como la Anatomía de los invertebrados de Huxley, o un libro como la Embriología de Balfour, donde los detalles, al menos, no pertenecían estrictamente a su campo. Y en el caso de libros complejos de tipo monográfico, aunque no los estudiaba en profundidad, sentía por ellos una profunda admiración.
En las ciencias no biológicas sentía una sincera simpatía por trabajos que no podía juzgar realmente. Por ejemplo, solía leer casi por completo la revista «Nature», aunque gran parte de ella trata sobre matemáticas y física. Le he oído decir a menudo que le producía una especie de satisfacción leer artículos que (según él mismo) no podía entender. Ojalá pudiera reproducir la manera en que se reía de sí mismo por ello.