Sin embargo, tal fue la suerte de uno de los hombres más bondadosos y sinceros que jamás tuve la fortuna de conocer; y tuvieron que pasar los años para que la tergiversación, el ridículo y la denuncia dejaran de ser los componentes más notables de la mayoría de las numerosísimas críticas sobre su obra que brotaban de la prensa. Me repugna desenterrar alguno de estos antiguos escándalos de su más que merecido olvido; pero debo corroborar una afirmación que puede parecer exagerada para la generación actual, y no hay documento justificativo más adecuado para tal fin, ni más digno de tal deshonor, que el artículo de la Quarterly Review de julio de 1860. (No sabía cuando escribí estos pasajes que la autoría del artículo había sido reconocida públicamente. Sin embargo, la confesión no acompañada de penitencia no ofrece motivo para la atenuación de la sentencia; y la bondad con la que el Sr. Darwin habla de su agresor, el obispo Wilberforce (vol. ii.), es un ejemplo tan llamativo de su singular gentileza y modestia, que más bien aumenta la indignación hacia la presunción de su crítico). Desde que Lord Brougham atacó al Dr. Young, el mundo no ha visto una muestra semejante de la insolencia de un pretendiente superficial a maestro en ciencias como esta notable producción, en la cual uno de los observadores más minuciosos, de los razonadores más cautos y de los expositores más sinceros de esta o cualquier otra época, es presentado al escarnio como una persona «voluble», que se esfuerza por «sostener su tejido completamente podrido de conjeturas y especulaciones», y cuyo «modo de tratar a la naturaleza» es reprobado como «totalmente deshonroso para la ciencia natural». Y todo este discurso altisonante, que habría sido indecente en alguien igual al Sr. Darwin, proviene de un escritor cuya falta de inteligencia, de conciencia, o de ambas, es tan grande que, a modo de objeción a las opiniones del Sr. Darwin, puede preguntar: «¿Es creíble que todas las variedades favorables de nabos tiendan a convertirse en hombres?»; que es tan ignorante de la paleontología que es capaz de hablar de las «flores y frutos» de las plantas del período carbonífero; de la anatomía comparada, que puede afirmar seriamente que el aparato
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CAPÍTULO XIV. — POR EL PROFESOR HUXLEY.
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